O mejor dicho, de cómo el deporte y su estética conquistaron definitivamente las calles. Y para ello, hemos de remontarnos hasta sus primeros coletazos: aquellos maravillosos años 80. Con sus pelos cardados, sus colores acentuados, y la gran cantidad de mujeres que popularizaron el aerobic para acabar situando al sportswear en el mapa. Normalizando su uso fuera de los centros deportivos, consagrando así este primer capítulo de la eterna unión entre el deporte y la calle.

Vuelta al presente más cercano, nos trasladamos hasta principios de 2015. Con los afamados diseñadores de las más renombradas casas de moda introduciendo ropa deportiva en sus colecciones. Primero encima de las pasarelas, y más tarde invadiendo la escena streetwear de medio mundo. A base de colaboraciones, nuevas firmas dedicadas a la tendencia y un sinfín de líneas de ropa alrededor a esta práctica. Apostando tanto por la funcionalidad como por la estética. Y ayudándose de todo el movimiento dentro de las redes sociales para acabar elevando el ejercicio físico a la categoría de arte.

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Es con esta entrada en el lujo, y su consecuente adopción por el resto de marcas, cuando lo deportivo se consagró finalmente como el estilo clave para entender un movimiento que ya no solo se rige dentro de las paredes de un gimnasio. Sino también fuera de ellas, en cualquier ámbito. Para pasar a formar parte de un lifestyle. Una nueva forma de entender la vida alrededor del sudor, pero también de la comodidad. Abanderada por esfuerzos físicos, pero también por zapatillas y chandales de edición limitada para ir al trabajo. O salir un viernes por la noche.

Sin embargo, no estamos descubriendo nada nuevo. Sino más bien reafirmando lo obvio. Ya que el sportswear lleva años siendo el uniforme de la calle. Y parece que lo seguirá siendo, tanto en sus vertientes retro, vintage o más actuales, como la resurrección que ha supuesto la prolífica década de los 90. Porque el deporte es la nueva religión de nuestro tiempo. Y todos sus fieles saben que no hay forma más cómoda y práctica de reconocerse entre ellos que enfundándose prendas de licra o nailon. Y unas buenas sneakers de colaboración.

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